Últimamente, no corre mucho el viento por aquí. Aunque no han dejado de apedrear mi ventana los contratiempos, me ha sido difícil sobrellevarlos, porque a pesar de que el ventanal estaba cerrado, los cristales eran transparentes... y hay cosas que aunque una quiera no puede dejar de mirar, y mucho menos ignorar.
Hablaba hace poco una persona a la que aprecio notablemente, de algo así como que los prejuicios son pasajeros a los que uno deja o no subirse a su tren. Los que me acompañan durante 22 años, se van bajando en cada estación, quedándose menos de ellos. Y claro, esos son los más pesados. Los que más pesan, me aplastan las manos para no escribir; me aplastan la cabeza para no pensar con nitidez; hacen que mi tren avance cada vez más lento y provocan en mi una ansiedad y una percepción de mi alrededor, que no se corresponde con un mundo en el que se pueda sobrevivir. Y aquí es donde entran en juego las opciones.
Siempre que nos encontramos en este tipo de situaciones, elegimos las opciones: seguir o no seguir, qué elegir. Lamento o sonrisa, indiferencia o agallas, cambiar el rumbo, parar el tiempo sin poder hacerlo. De esa opción, siempre emanarán unas consecuencias que jamás conoceremos hasta que llegue, y lo más difícil es sobrellevarlas cuando llamen otra vez a pedradas a nuestra ventana. Por eso hay que estar preparados, pero esto no se sabe hasta que uno de los cristales ya se ha roto de tanto golpearlo. Al menos, aprendemos la lección.
Me pregunto entonces, si seguirá sirviendo de algo el que consultemos las líneas de la mano.


